Tengo un máster en pretender.
Y cómo cuesta sostener la máscara, la sonrisa forzada y los ojos secos.
Con cada risa me muero un poco más por dentro.
Tengo un máster en pretender.
Y cómo cuesta sostener la máscara, la sonrisa forzada y los ojos secos.
Con cada risa me muero un poco más por dentro.
Teóricamente, es un buen día.
La primavera adelantada que se empeña en aferrarse a Agosto, confundiendo a fauna y flora, despereza los corazones más dispuestos. El celeste del cielo, la tibieza del sol, el alma que busca salir y descubrir nuevos horizontes.
¿Y si salimos?
Su voz se ilusiona a medias. Me conoce. Sabe que la luz solar me incomoda y el bullicio de la gente me desquicia. Nada pierde intentando. Quizá algún día me saque el piyama y le diga: dale, salgamos. Y ponga mi mejor cara, y permanezca imperturbable ante los llantos de niños caprichosos, los gritos de los adolescentes, lo patético de las parejas sentadas ante dos tazas de café sin dirigirse la palabra.
Pero hoy no. Hoy para mí es un domingo cualquiera dentro de mi caparazón.
Todos quisimos morirnos alguna vez. Por vergüenza, por tristeza, por mero aburrimiento. Causas hay miles, pero la sensación es la misma: Preferiría estar muerto. Ahora.
Siendo por lo general algo pasajero, que dura el tiempo que tarda la sangre en desagolparse de nuestro rostro, el problema comienza cuando pasa a ser un hábito tan arraigado como respirar. Alejados de las preocupaciones, de eso que nos oprime el pecho, anhelamos dejar de vivir. Como si esto fuera la salvación, el borrón sin cuenta nueva de nuestra angustia. Más allá de las creencias en cuanto a qué hay más allá, una sola cosa es clara: esto, la vida, ya no va a ser. ¿Estamos dispuestos a eso?
No, al parecer no. Porque, dentro de todo, no llueven suicidas. Apartándonos de los muertos en vida, esa gente que logró trascender hacia un estado de carencia absoluta de vitalidad y emociones, uno no encuentra en todas las esquinas a gente acuchillándose a sí mismas, tomando veneno para ratas o simplemente volándose el cerebro o los nervios ópticos (para suicidarse hay que estar informado, no hay duda) con un arma de fuego. Uno lo piensa, pero no lo hace. Dar el gran paso no es fácil.
Dicen que suicidarse es de cobardes pero para mí es cosa de valientes. Porque para decidirlo hay que enfrentarse cara a cara con las miserias propias y reconocer que no hay salida. Si seguimos vivos, sin pasar por la armería o demasiado cerca de una vía de tren, es porque todavía dibujamos esperanzas. O porque tenemos miedo a ver que, en realidad, no es para tanto, que eso que nos estruja el alma no es más que el reflejo de nuestra cobardía para enfrentar problemas que están hechos a la medida de nuestra propia capacidad. Aún lo insalvable tiene otra cara, pero requiere esfuerzo descubrirla, invertir tiempo, desgastar emociones, desaprender vicios y comodidades.
Vivo en ese estado de nostalgia de la muerte. Lejos del suicidio, no me molestaría tropezarme con un auto sin frenos, un sociópata armado o un bocado mortal de pez globo. Amateur en conductas autodestructivas (ni siquiera para eso sirvo), espero mi turno. Mientras tanto, la vida me pasa sin que yo pueda tomar algo de ella.
Nunca me costó demasiado pensar en mí, pero siempre lo hice desde un lugar tortuoso e inútil. Ésa es, de todos modos, la visión que tengo de mi persona. Soy una promesa incumplida, un sueño que de tanto demorarse se transforma en pesadilla.
Un estúpido conjunto de contradicciones.
Necesito desesperadamente que me quieran, pero no tolero tener gente alrededor. Los rituales de la amistad me agobian. Las responsabilidades emocionales de la familia me destrozan.
Siempre me creí mejor que los demás y, envanecida por la comodidad, hoy no soy más que un ejemplo de cuán mediocre puede ser la inteligencia.
No sé qué quiero de la vida porque anhelo cosas dolorosamente ajenas e imposibles. Personas que no puedo tener, habilidades que ya no puedo desarrollar, madurez que nunca llegará.
La realidad me duele.
El único momento en el que me siento viva es cuando sueño despierta.