Tengo un máster en pretender.
Y cómo cuesta sostener la máscara, la sonrisa forzada y los ojos secos.
Con cada risa me muero un poco más por dentro.
Tengo un máster en pretender.
Y cómo cuesta sostener la máscara, la sonrisa forzada y los ojos secos.
Con cada risa me muero un poco más por dentro.
Nunca me costó demasiado pensar en mí, pero siempre lo hice desde un lugar tortuoso e inútil. Ésa es, de todos modos, la visión que tengo de mi persona. Soy una promesa incumplida, un sueño que de tanto demorarse se transforma en pesadilla.
Un estúpido conjunto de contradicciones.
Necesito desesperadamente que me quieran, pero no tolero tener gente alrededor. Los rituales de la amistad me agobian. Las responsabilidades emocionales de la familia me destrozan.
Siempre me creí mejor que los demás y, envanecida por la comodidad, hoy no soy más que un ejemplo de cuán mediocre puede ser la inteligencia.
No sé qué quiero de la vida porque anhelo cosas dolorosamente ajenas e imposibles. Personas que no puedo tener, habilidades que ya no puedo desarrollar, madurez que nunca llegará.
La realidad me duele.
El único momento en el que me siento viva es cuando sueño despierta.